Cómo dar una lección a un Empresaurio informático: Caso práctico

Hablamos mucho sobre las consultorías, sobre las cárnicas, etc. Hoy vamos a contaros una historia sobre "la jungla", la base económica del estado español; una PYME.

El caso es que un compañero nuestro comenzó a trabajar en una empresa como hay muchas, con menos de 20 trabajadores y donde el gerente es el propietario a la vez. Dicho empresaurio sacó adelante la empresa partiendo de una primera buena idea que le permitió tener un coche, una casa en un barrio de lujo en las afueras de Barcelona y una visión del mundo real un tanto borrosa.

En ausencia de cualquier persona en la empresa que supiera de RR.HH. o de una administración digna de ser considerada como tal, el empresaurio tuvo la peregrina idea que la legislación laboral empezaba en su despacho y acababa en la puerta de su empresa. En el caso concreto del compañero del que hablábamos, ante la aparentemente poco común petición de contar con las vacaciones que le tocaban por convenio colectivo, pronunció barbaridades del tipo: "Te voy a dar un consejo, no vuelves a hablarme nunca más de convenios colectivos ni de sindicatos o te haré la vida imposible hasta que te marches".
 

Otra situación incómoda se produjo en el contexto de la huelga general del 14N, donde tan sólo nuestro compañero participó de toda la empresa. Este hecho pareció no gustarle mucho al empresaurio, visto como le indicó amablemente en una reunión: "Tienes que recuperar el día porque en mi empresa nadie hace huelga. Que te quede bien claro".

Estas barbaridades de la boca del empresaurio producían, no obstante, una cierta hilaridad a nuestro compañero sindicalista. La tecnología del siglo 21, la que tanto emocionaba a nuestro empresaurio, era capaz de transformar un teléfono móvil en una grabadora que el sindicalista supo utilizar adecuadamente.

La relación laboral entre nuestro compañero y el empresaurio acabó finalmente un día que aquel le reclamó sus vacaciones por escrito, recordándole nuevamente los días festivos que establecía su convenio. Con una carta de despido tan lamentable que no era capaz de aguantar ningún juicio, nuestro compañero decidió no sólo pedir el despido improcedente sino la nulidad del mismo.

Aquí entró en juego otra faceta más de la visión borrosa de nuestro empresaurio. Lo máximo que éste conocía del sindicalismo era su versión "institucionalizada", la cual como sabemos se limita a hacer alguna demanda por cantidades. La acción directa de un sindicato combativo se la tuvo que enseñar la coordinadora, y creedme que se la supieron enseñar bien.

Nuestro empresaurio, al ser tan chulo, tenía alquilada la vivienda de al lado de su casa (la más pija del barrio) como sede de la empresa. Lo que en primer momento debió parecerle algo muy cómodo, sobre todo para que sus niños pudiesen disfrutar de una piscina aún más grande el fin de semana, resultó algo menos conveniente cuando se produjo la acción directa de la que hablábamos antes.

Una primera campaña de correos a los dos socios de la empresa les sirvió para darse cuenta de que nuestro compañero, aparte de no ser el típico “padefo” a que están acostumbrados, también podía contar con el apoyo de otros compañeros y amigos. A continuación se distribuyó información por escrito a los vecinos que vivían en la cercanía inmediata de la empresa (y por lo tanto del empresaurio mismo), y para asegurarse de que vecinos y trabajadores se hubieran enterado bien del mensaje, se organizó una concentración delante de la empresa con traca valenciana incluida, cosa que en un barrio dormitorio de nuevos ricos no suele ser de uso habitual. Junto con la traca, un equipo de sonido difundía toda la verdad sobre nuestro empresaurio de forma alta y clara.

La acción tuvo su efecto. Aparte de llamar a la guardia urbana y a los mossos d’esquadra, nuestro empresaurio llamó también a su abogado. Éste, apenas acabada la concentración, se puso en contacto con nuestro compañero para hacerle una primera oferta económica que triplicó al día siguiente poco antes de la entrada en el juicio.

Como durante el proceso de espera de juicio, nuestro compañero encontró un trabajo en una empresa mucho mas decente, que no le ahogaba en la ansiedad como el cacique de Valldoreix, decidió la opción de llegar a un acuerdo económico, renunciando a la readmisión. De esta forma pasó de no recibir ni un euro a cobrar alrededor de 90 días por año trabajado.

Por su parte, el miope empresaurio aclaró algo su visión acerca de lo que es un verdadero sindicato y de cómo la impunidad empresarial no existe de manera tan evidente como él se había creído. Solamente queda por comprobar si el resto de la plantilla comprueba que con una actitud de padefo (pasar de follones) no se va a aconseguir nada.

Que pase el siguiente.